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Food Noise: una nueva mirada sobre la obesidad 

Lugones Editorial

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El Food Noise describe la presencia persistente de pensamientos relacionados con la comida en personas con obesidad. En esta entrevista, la Dra. Fabiana Vázquez explica cómo este fenómeno se diferencia del hambre fisiológica y del apetito emocional, y cuál es el papel de la semaglutida en su abordaje

Entrevista con la Dra. Fabiana Vázquez, Médica especialista en Nutrición y Diabetología, Hospital Británico de Buenos Aires, sede Vicente López (M.N. 86.573 / M.P. 444.167)

Lic. María Fernanda Cristoforetti, Editora Senior de Lugones Editorial

El Food Noise o “ruido alimentario” se define como la presencia constante de pensamientos relacionados con la comida o con cuestiones asociadas a ella en personas con obesidad. Este término se relaciona con los FRITs (food-related intrusive thoughts) y permite comprender mejor lo que experimentan estos pacientes: pensamientos intrusivos, persistentes y no deseados, pero difíciles de evitar. “Este comportamiento es monotemático, dado que a estos pacientes solo les ocurre con la comida”, explica la Dra. Fabiana Vázquez, médica especialista en Nutrición y Diabetología.

Como ejemplo, la especialista recuerda el caso de un paciente que le manifestó su alegría porque, por primera vez, asistiría a un evento familiar sin estar pendiente del menú. Desde pequeño, su principal preocupación antes de cada reunión giraba en torno a la comida; sin embargo, en esa oportunidad se había interesado por quiénes asistirían o si habría actividades, pero no por lo que iban a servir. Según explicó el paciente, ese cambio comenzó tras iniciar el tratamiento con semaglutida.

A partir de experiencias como esta, la Dra. Vázquez comenzó a indagar de manera más específica sobre el Food Noise en la consulta y comprobó que era mucho más frecuente de lo que imaginaba. Así, muchos pacientes describían situaciones como: “No terminé de comer y ya pregunto qué hay para la siguiente comida”; “Me desconcentraba en los exámenes pensando qué iba a comer al salir”; o “Necesito revisar constantemente la aplicación de delivery para ver si hay alguna oferta”.

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La Dra. Fabiana Vázquez, médica especialista en Nutrición y Diabetología, cuenta cómo el Food Noise se diferencia del hambre fisiológica y del apetito emocional, y cuál es el papel de la semaglutida en su abordaje

El Food Noise, ¿representa una dimensión diferente del hambre o la saciedad?

– Sí. El Food Noise constituye una dimensión diferente porque no responde a la necesidad fisiológica de comer: no es hambre y tampoco se relaciona con la saciedad.

El manejo de la alimentación depende de diversos circuitos neuronales. Está regulado por el circuito homeostático, que intenta mantener el equilibrio entre el gasto energético y el consumo mediante la regulación del hambre y la saciedad. A su vez, este interactúa con el circuito hedónico, asociado al placer, un mecanismo que resulta esencial para la supervivencia de la especie.

Sin embargo, en la actualidad la genética y el circuito homeostático han quedado desadaptados al estilo de vida moderno. El estrés activa mecanismos de ahorro energético mediados por el cortisol (y otras hormonas y neurotransmisores), una respuesta que puede resultar adecuada frente a una amenaza real, como escapar de un depredador, pero que se vuelve inapropiada cuando el desencadenante es la sobrecarga laboral o el sedentarismo.

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El Food Noise constituye una dimensión diferente porque no responde a la necesidad fisiológica de comer: no es hambre y tampoco se relaciona con la saciedad

¿Cuáles son las diferencias entre hambre fisiológica, apetito emocional y Food Noise?

– El hambre fisiológica responde al circuito homeostático: cuando aumenta el gasto energético, se incrementa el apetito para favorecer la ingesta; en cambio, durante el reposo aumenta la saciedad y disminuye el apetito.

Por su parte, el hambre emocional responde a desencadenantes afectivos o psicológicos, sin relación con un mayor gasto energético. Estos desencadenantes pueden ser negativos, como el enojo, la angustia o la preocupación, o positivos, como los festejos o las reuniones sociales, que suelen asociarse con una mayor ingesta de alimentos.

Por último, el Food Noise se caracteriza por pensamientos persistentes relacionados con la comida, que pueden afectar la calidad de vida de la persona.

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A diferencia del hambre fisiológica y el hambre emocional, el Food Noise se caracteriza por pensamientos persistentes relacionados con la comida, que pueden afectar la calidad de vida de la persona

¿Por qué es importante reconocer el impacto de estos fenómenos en la relación del paciente con la comida? 

 Cuando trabajamos con personas con obesidad o con trastornos de la conducta alimentaria, es fundamental que aprendan a identificar y manejar el hambre emocional. De lo contrario, pueden pasar toda la vida haciendo “dieta” sin reconocer los factores que los llevan al fracaso reiterado.

Una parte esencial del tratamiento consiste en que el paciente identifique los desencadenantes del hambre emocional y adquiera estrategias que le permitan evitar recurrir a la comida cuando no existe hambre fisiológica.

En el caso del Food Noise, el abordaje exclusivamente psicológico puede resultar insuficiente. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado en los trastornos de la conducta alimentaria: algunas personas presentan una respuesta exagerada frente a estímulos relacionados con la comida -visuales, olfativos o incluso auditivos- que puede traducirse en respuestas compulsivas.

También es importante que el paciente aprenda a reconocer por qué come, cuál es su nivel real de apetito, cuáles son los desencadenantes emocionales que lo llevan a comer y cómo manejarlos, qué alimentos le proporcionan mayor saciedad y en qué horarios o situaciones tiene mayores dificultades para controlar la ingesta.

Sin embargo, cuando el Food Noise está presente de manera constante, resulta muy difícil que la persona pueda identificar y elaborar estos aspectos sin el apoyo del tratamiento farmacológico.

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Una parte esencial del tratamiento consiste en que el paciente identifique los desencadenantes del hambre emocional y adquiera estrategias que le permitan evitar recurrir a la comida cuando no existe hambre fisiológica”, sostiene la Dra. Fabiana Vázquez

¿Qué rol tienen los circuitos cerebrales de recompensa, motivación y saciedad? 

– El circuito de recompensa fue fundamental durante la evolución del ser humano, cuando la supervivencia dependía de atravesar períodos de escasez de alimentos. La motivación para recorrer largas distancias en busca de comida o realizar el esfuerzo necesario para obtenerla se veía reforzada por la sensación de placer que generaba su ingesta.

En la actualidad, sin embargo, este circuito está expuesto a múltiples estímulos que pueden alterar su funcionamiento. La palatabilidad de los alimentos es uno de los principales. Hoy la industria alimentaria conoce las combinaciones de ingredientes capaces de hacer que determinados productos resulten altamente palatables y que pueden resultar difíciles de dejar de consumir antes de terminar el paquete. A esto se suma el propio envase, que constituye una sucesión de estímulos visuales y auditivos que favorecen un mayor consumo de alimentos.

Como consecuencia, el circuito homeostático, encargado de regular la ingesta de acuerdo con las necesidades energéticas del organismo, va quedando desplazado por el circuito de recompensa y los neurotransmisores asociados al placer.

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Es importante que el paciente aprenda a reconocer por qué come, cuál es su nivel real de apetito, cuáles son los desencadenantes emocionales que lo llevan a comer y cómo manejarlos, entre otros aspectos

Anteriormente mencionó la semaglutida, ¿cómo actúa este medicamento sobre las vías relacionadas con el apetito y la saciedad?

 La semaglutida aumenta la saciedad, reduce el apetito y facilita que los pacientes elijan alimentos más ricos en fibra y con menor contenido de grasa. Estos efectos ya se habían observado en estudios en animales y actualmente también han sido confirmados en humanos.

Durante el tratamiento, además, es fundamental reeducar a los pacientes para que vuelvan a reconocer la sensación de saciedad, ya que muchos de ellos llevan años sin percibirla y, al principio, les cuesta identificarla. Nos dicen que “les dio un ataque al hígado”, cuando en realidad están experimentando saciedad.

La semaglutida también contribuye a disminuir el impulso de comer, lo que facilita el reentrenamiento de hábitos alimentarios, como comer más despacio o reflexionar sobre el tamaño de las porciones antes de iniciar la ingesta. En los últimos años, además, se ha comenzado a reconocer su efecto sobre la reducción de los pensamientos intrusivos relacionados con la comida.

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La semaglutida aumenta la saciedad, reduce el apetito y facilita que los pacientes elijan alimentos más ricos en fibra y con menor contenido de grasa; además actúa sobre la reducción de los pensamientos intrusivos relacionados con la comida

¿Cómo puede impactar la reducción de los pensamientos intrusivos en la adherencia y los resultados a largo plazo?

– La reducción de los pensamientos intrusivos puede marcar una diferencia importante. Uno de los principales motivos del fracaso de las dietas es que el organismo no reconoce el exceso de grasa corporal como una patología y, frente a la pérdida de peso, responde como si la persona estuviera desnutrida. Como consecuencia, disminuye el gasto metabólico -como mecanismo de ahorro energético-, aumentan las señales de hambre y disminuyen las de saciedad, favoreciendo el incremento de la ingesta.

Si esta respuesta se atenúa con el tratamiento farmacológico, es posible obtener mejores resultados a largo plazo. Además, brinda el tiempo necesario para avanzar en la educación alimentaria del paciente, consolidar los logros alcanzados y favorecer que los cambios de hábitos se mantengan en el tiempo.

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Uno de los principales motivos del fracaso de las dietas es que el organismo no reconoce el exceso de grasa corporal como una patología y, frente a la pérdida de peso, responde como si la persona estuviera desnutrida

¿Por qué cree que este concepto puede modificar la forma de abordar la obesidad?

 Porque, por primera vez, contamos con una herramienta como la semaglutida, de gran eficacia y con escasas reacciones adversas, capaz de modificar de esta manera los pensamientos del paciente relacionados con la comida.

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“La semaglutida también contribuye a disminuir el impulso de comer, lo que facilita el reentrenamiento de hábitos alimentarios, como comer más despacio o reflexionar sobre el tamaño de las porciones antes de iniciar la ingesta”, concluye la Dra. Vázquez